Disyuntivas

La terrible violencia en nuestro Istmo de los a?os ochenta termin?, no porque los gobiernos sofocaran las insurrecciones con la visi?n de la doctrina de seguridad nacional de Nixon sino porque se avanz? en Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Panam? a establecer gobiernos democr?ticos con los cuales lleg? la paz.
No fueron los ej?rcitos luchando contra las guerrillas en medio de la lucha contra la subversi?n comunista alentada por la Uni?n Sovi?tica, los que impusieron la paz. Fueron los gobiernos democr?ticos que fueron resultando electos: en El Salvador, el presidente Napole?n Duarte; en Guatemala, el presidente Vinicio Cerezo; en Panam?, la coalici?n del presidente Guillermo Endara y los vicepresidentes Ricardo Arias Calder?n y Guillermo Ford, y en Nicaragua, Violeta Chamorro
Esta conquista, como lo ense?? muchas veces el recordado y querido Ricardo Arias Calder?n, fue un aporte intelectual que desde la d?cada de 1970 vinieron promoviendo pensadores socialcristianos, encabezados por el gran venezolano Ar?stides Calvani, ap?stol de la democracia que perdi? su vida en un accidente a?reo sobre la selva de Guatemala.
Con la llegada de la democracia a El Salvador y Guatemala se fortalecieron las posibilidades de su construcci?n en Panam? y Nicaragua, y sobre las fr?giles democracias que se establecieron se hizo posible el fin de las guerras en el Istmo.
Claro que esto en nada desmerece el innegable m?rito del presidente ?scar Arias por su Plan de Paz, pero es un antecedente hist?rico y conceptual que debemos hoy recordar.
Debemos recordarlo porque asistimos a la aceleraci?n vertiginosa de un proceso de destrucci?n de la democracia en Nicaragua que se viene dando desde la primera d?cada de este siglo: acuerdos entre partidos para promover la impunidad, acciones desde el gobierno para debilitar a las instituciones y a la independencia de los poderes del Estado, imposibilitar la acci?n a los partidos de oposici?n, arrebatar sus funciones a parlamentarios opositores? y hoy brutal represi?n, abierta violaci?n de los derechos humanos y genocidio.
El Reporte del 21 de junio de la Comisi?n Interamericana de Derechos Humanos es preciso en la documentaci?n de las grav?simas violaciones a la vida, la libertad y otros derechos humanos de los nicarag?enses perpetradas por el r?gimen del presidente Ortega y la vicepresidenta Murillo. Y desde entonces los asesinatos, lesiones, encarcelamientos injustificados, desapariciones y tomas de tierras cometidos por fuerzas policiales y parapoliciales han continuado elevando las muertes a m?s de 264 seg?n los informes de la CIDH del 11 de julio. Eso no requiere m?s demostraci?n.
Por otra parte, han resultado hasta ahora infructuosas las gestiones de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, de la sociedad civil nicarag?ense y del Secretario General de la OEA para poner fin al genocidio que contin?a ejecutando el Gobierno de Nicaragua, con un acuerdo para adelantar a los primeros meses del a?o entrante las elecciones y que sea el pueblo soberano quien resuelva los diferendos. El presidente Ortega el pasado 7 de julio rechaz? esa posibilidad, y se sigue negando a poner coto a la polic?a y a las turbas que con contumacia contin?an asesinando, hiriendo y encarcelando a los ciudadanos que se manifiestan en contra del r?gimen.
Las declaraciones del Sr. Secretario designado de Relaciones Exteriores por el Presidente Electo de M?xico de que cambiar?n la pol?tica de defensa del derecho humano a la democracia por un apego a rajatabla del principio de no intervenci?n, con referencia expl?cita a los casos de Venezuela y M?xico, se?alan un debilitamiento futuro de la posici?n del Grupo de Lima y de la defensa Latinoamericana de la democracia.
Es de temer que si se consolida la destrucci?n de la democracia en Nicaragua, la paz que con base en ella se construy? en Am?rica Central se vea amenazada. Ser?an terribles las consecuencias de una nueva guerra interna en Nicaragua ?no solo para el bienestar de nuestros hermanos nicarag?enses? sino tambi?n para todos los centroamericanos.
La continuidad de la dictadura del presidente Ortega y la vicepresidenta Murillo en nuestro vecino del Norte y un enfrentamiento armado en ese pa?s, f?cilmente podr?an originar conflictos b?licos en otras naciones vecinas.
Adem?s, esa circunstancia y el gran desempleo que se originar?a adicional al que los conflictos ya producen en Nicaragua (se estima ya en 250 mil desempleos), provocar?an movimientos migratorios hacia Costa Rica y Panam? y hacia M?xico y EE.UU., que podr?an ser muy masivos y de muy dif?cil asimilaci?n por las naciones receptoras.
Se interrumpir?a de manera a?n m?s grave que la que ya se da, la posibilidad del comercio entre los pa?ses de nuestro Istmo. Debemos recordar que Costa Rica dirige un 23% de sus exportaciones a Centroam?rica, y que las industrias que dan origen a esa exportaci?n generan una buena proporci?n del trabajo formal con calificaci?n intermedia, que es un sector que sufre gran desempleo.
Un Istmo sufriendo violentos conflictos y grandes migraciones nos afectar?a ahuyentando el turismo y la inversi?n extranjera, nos obligar?a a gastos adicionales frente a los inmigrantes y pospondr?a los emprendimientos de los propios costarricenses, afectando seriamente nuestro bienestar social y el crecimiento econ?mico.
No solo por la hermandad con los nicarag?enses que pagan con su vida y con enormes privaciones su situaci?n pol?tica, sino tambi?n para defender los intereses propios de los costarricenses, estamos llamados a actuar con inteligencia, valent?a y visi?n de futuro frente al oprobio que viven nuestros vecinos.
Todos debemos cooperar. Gobierno, iglesias, sociedad civil y ciudadanos. La hora nos exige dar lo mejor de que somos capaces.
El Gobierno, previsoramente prepar?ndose para esos posibles escenarios negativos, e influyendo internacionalmente a nivel centroamericano, continental, europeo y mundial para buscar un acuerdo que permita la democracia y la paz en Nicaragua.
Las Iglesias, promoviendo en sus feligreses compasi?n, fraternidad y apoyo para nuestros hermanos que en Nicaragua sufren y evitando el surgimiento de sentimientos xen?fobos y m?s bien alentando dar buena acogida a los refugiados.
La sociedad civil (c?maras, sindicatos, asociaciones, academia), alertando a los hom?logos de Am?rica Central sobre los riesgos y concertando con ellos acciones para evitarlos.
Y cada uno de nosotros actuando apegados al mandamiento de amar al pr?jimo.
Miguel Angel Rodr?guez
Fuente: larepublica.net