Disyuntivas

Con su maravilloso estilo literario y su afilada fisga, Yolanda Oreamuno nos leg? en EL AMBIENTE TICO Y LOS MITOS TROPICALES (Repertorio Americano 1938) una descripci?n de nuestras actitudes. Y esas actitudes siguen teniendo fervorosos adeptos en nuestro siglo XXI.
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Primero nos comenta el recurso a remitir todo problema al ambiente, y de esa manera escabullirle el bulto a tener que estudiarlo y buscarle soluci?n.
Nos dice Yolanda Oreamuno: ?El ambiente? es una cosa muy grande, muy poderosa y muy odiada que no deja hacer nada, que enturbia las mejores intenciones, que tuerce la vocaci?n de la gente, que aborta las grandes ideas antes de su concepci?n y que nos mantiene mano sobre mano esperando siempre algo sensacional que venga a barrer esa sombra tenebrosa y fat?dica? y agrega que el ambiente? es nuestra culpa, que ?el ambiente? lo llevamos dentro de nosotros mismos y que somos nosotros los que lo hacemos, lo especulamos y lo mantenemos. No niega lo anterior, que haya una especie de influencia, en cualquier momento superable, que viene desde la mediocridad de la cuna, la mediocridad de nuestra econom?a y de nuestra pol?tica. Lo que yo niego es que el t?rmino sea justo y que los cargos est?n bien enrostrados.
En t?rminos de nuestro siglo esa concepci?n evoca la manida ?ingobernabilidad? que nos sirve de excusa para no sonrojarnos ante la incapacidad de ponernos de acuerdo, de adaptar nuestras instituciones a las realidades del presente, de resolver el d?ficit fiscal o de arreglar ?la platina?.
Claro que gobernar es dif?cil, y como recalcaba don Ar?stides Calvani: ?Gobernar en democracia es m?s dif?cil? pero es posible, y otros pa?ses con mayores complicaciones lo pueden hacer, y nosotros lo venimos haciendo desde el Pacto de Concordia.
Pero claro no solo el innominado ambiente tiene la culpa. Nosotros hacemos las cosas m?s dif?ciles porque rehuimos la lucha, y la admirada escritora se?al? hace 80 a?os: El esp?ritu antiagresivo se manifiesta en un miedo campesino a lo grande y en un gusto espor?dico por lo peque?o; la deliberada ignorancia act?a con un simple procedimiento eliminativo, no de los malos para dejar al eficiente, sino de los peligrosos eficientes para dejar al ap?crifo e inofensivo.
Claro que con esas caracter?sticas es mejor evitar la lucha. Con ese fin surgen como instrumentos favoritos del enfrentamiento social el serrucho y el choteo.
Yolanda Oreamuno nos leg? su comentario sobre ambas armas.
Sobre la primera nos dice: Esta no necesidad de lucha trae como consecuencia, un deseo de no provocarla, de rehuirla. Preferimos no hacer frente: abstencionismo. Al que pretende levantar demasiado la cabeza sobre el nivel general, no se le corta. ?No?! Le bajan suavemente el suelo que pisa, y despacio, sin violencia, se le coloca a la altura conveniente. Hoy hablamos de serruchar el piso.
La segunda arma es m?s refinada pero igualmente mortal. Adem?s de la ignorancia deliberada y entrenada (dir?a yo), conocemos las sutiles vertebraciones del choteo. El choteo es un arma blanca, ?blanca como una camelia!, que se puede portar sin licencia y se puede esgrimir sin responsabilidad. Tiene fin?simos ribetes l?ricos, de agudo ingenio; sirve para demostrar habilidad, para aparecer perito, para ser oportuno, filos?fico y erudito.
Con el choteo podemos vencer en el debate. Con el choteo se puede vencer sin necesidad de saber del tema ni de estudiarlo, sin necesidad de hacer propuestas ni de asumir responsabilidades. Simplemente al adversario lo descalificamos, lo ponemos en rid?culo. Y ahora con la contribuci?n del anonimato en las redes sociales y con la judicializaci?n de la pol?tica, si el choteo no alcanza lo enviamos a los tribunales.
Todo cambia, se dice, pero nosotros no tanto.
Miguel Angel Rodr?guez